Las comunidades son las gestoras de riesgo más invisibilizadas del mundo 

Repensar el riesgo en el financiamiento climático y de la naturaleza desde la proximidad, la confianza y el conocimiento territorial.

El riesgo es uno de los conceptos más influyentes en la forma en que se estructura hoy el financiamiento climático.

Orienta decisiones de inversión. Guía estrategias filantrópicas. Define criterios de elegibilidad, cumplimiento, debida diligencia, seguros y marcos de desarrollo. Determina en quién se confía, quién es considerado preparado y quién es visto como demasiado incierto, demasiado pequeño o demasiado complejo para recibir financiamiento.

En términos técnicos, el riesgo se ha convertido en algo que sabemos medir con mucha eficacia. Pero una misma palabra no describe la misma realidad para todas las personas.

Cuando un inversionista habla de riesgo, suele referirse a la posibilidad de perder capital. Cuando una comunidad indígena habla de riesgo, puede estar refiriéndose a la posibilidad de perder un río, un territorio, la memoria colectiva, derechos o vidas. Cuando una lideresa o un líder comunitario habla de riesgo, puede estar pensando en la próxima inundación, la próxima sequía, el próximo incendio forestal o la próxima frontera extractiva avanzando sobre su territorio.

Es la misma palabra. Pero no describe la misma realidad.

Pero si el riesgo orienta las decisiones, entonces la proximidad orienta la forma en que se entiende el riesgo.

Quienes están más cerca de los impactos del cambio climático suelen ser quienes primero comprenden sus riesgos. Sin embargo, siguen estando entre quienes se encuentran más lejos de los sistemas donde esos riesgos se definen y se financian.

Entonces, frente a la policrisis que define nuestro tiempo, la pregunta es: ¿estamos prestando atención a los riesgos correctos?

La crisis climática es también una crisis de valoración. Durante demasiado tiempo, los sistemas dominantes de valor han empujado todo aquello que no podía ser fácilmente contado, monetizado o reportado hacia los márgenes, tratándolo como una “externalidad”. Pero los costos ignorados no desaparecen. Las deudas generadas por la explotación de las personas y los ecosistemas terminan por cobrarse, regresando a nosotras y nosotros como disrupción climática, pérdida de biodiversidad y profundización de las desigualdades.

Como sequías, inundaciones, inseguridad alimentaria, desplazamientos, conflictos e inestabilidad económica.

La emergencia climática ha hecho visible aquello que fue ignorado durante demasiado tiempo. Pero ahora está apareciendo en estados financieros, portafolios, modelos de seguros y decisiones de inversión.

Y esto nos lleva a una profunda paradoja en el corazón del sistema actual de financiamiento climático: las personas que más están haciendo para reducir el riesgo climático y sus impactos reciben la menor proporción del financiamiento climático.

Existe un reconocimiento creciente de que los Pueblos Indígenas, las comunidades locales, las mujeres, las juventudes, las organizaciones de base y las personas defensoras del ambiente se encuentran entre las y los guardianes más efectivos de la biodiversidad, los ecosistemas y el tejido cultural y social que sostiene la vida en esos territorios.

En todo el mundo, resguardan bosques, protegen cuencas hidrográficas, preservan sistemas de conocimiento y fortalecen la gobernanza local antes de que las crisis emerjan. Al hacerlo, generan niveles de estabilidad y resiliencia que rara vez aparecen en los modelos financieros, pero que sostienen todo sistema que funciona.

Las comunidades no son simplemente receptoras de inversión. Son responsables de la capacidad de las personas, los ecosistemas y las instituciones para absorber impactos, adaptarse y perdurar.

Si queremos sistemas resilientes, entonces es momento de reconocer que las comunidades están entre las gestoras de riesgo climático y de la naturaleza más efectivas del mundo, y también entre las más invisibilizadas.

Y una vez que vemos eso, comenzamos a ver con mayor claridad otra cosa: el papel de la proximidad.

Existe un amplio ecosistema de mecanismos de financiamiento liderados desde el Sur Global, como fondos comunitarios, fondos indígenas, fondos territoriales y fondos socioambientales activistas, cuya fortaleza principal no es solamente mover capital.

Es la proximidad.

Proximidad a los territorios. Proximidad a las realidades vividas. Proximidad a las relaciones, las historias y los sistemas de conocimiento donde el riesgo climático se experimenta y se comprende. Realidades vividas que ningún conjunto de datos puede capturar por completo.

Esta proximidad les permite identificar riesgos que los sistemas financieros formales suelen pasar por alto por completo. Les permite reconocer oportunidades que solo emergen a través de la confianza construida a lo largo del tiempo. Les permite entender qué es viable, legítimo y necesario en un contexto determinado, no en abstracto, sino en relación con las personas y los lugares.

En el lenguaje financiero, esto suele llamarse de-risking, o reducción del riesgo. Pero antes de que el financiamiento a gran escala llegue a un territorio, alguien ya ha hecho el trabajo de reducir la incertidumbre. De construir confianza, fortalecer instituciones locales y apoyar liderazgos comunitarios. De permanecer presente mucho después de que los proyectos terminan y la atención se desplaza hacia otro lugar.

Estas organizaciones hacen mucho más que canalizar financiamiento. Crean las condiciones que hacen posible el financiamiento.

Los mecanismos de financiamiento basados en la proximidad permiten que los recursos lleguen a las comunidades con legitimidad, efectividad y durabilidad. Ayudan a que el capital se mueva de maneras mejor informadas, más responsables y más conectadas con las realidades que busca transformar. Reducen el riesgo del sistema no solo para las comunidades, sino también para los gobiernos, la filantropía y las instituciones financieras.

Por eso, el debate sobre financiamiento climático y de la naturaleza no puede reducirse a la pregunta de cuánto dinero está disponible. También debe preguntarse cómo se mueven los recursos, quién define las reglas, qué riesgos son reconocidos y en qué conocimientos se confía.

En un momento en que las conversaciones globales se enfocan cada vez más en movilizar financiamiento a una escala sin precedentes, debemos asegurarnos de que la escala no se convierta en otra palabra para distancia. El éxito de la acción climática depende de reconocer que quienes protegen los territorios no son un riesgo para la inversión. Están entre sus mayores fuentes de resiliencia.

***

Esta reflexión estuvo en el centro de las palabras de apertura de Juliana Tinoco, Coordinadora Ejecutiva de Alianza, durante Pathways for Resourcing Community-Led Climate Solutions: A multistakeholder dialogue promoted by Global South funds, convocado por La Casa Sur Global durante la London Climate Action Week 2026.

La pregunta sobre el riesgo siguió resonando a lo largo del diálogo, fortalecida por las reflexiones, los datos y las visiones compartidas por ponentes de la filantropía, las instituciones financieras, la sociedad civil y los ecosistemas de financiamiento liderados por comunidades.

Desde La Casa Sur Global, convocada por Alianza, Rede Comuá, la Rede de Fundos Comunitários da Amazônia y aliados, creemos que transformar el financiamiento para el clima y la naturaleza requiere más que nuevos instrumentos. Requiere nuevos significados, nuevas relaciones y un reconocimiento más profundo de las infraestructuras de confianza, proximidad y acción colectiva que ya existen en todo el Sur Global.

El desafío que tenemos por delante no es solamente movilizar más recursos. Es asegurar que los recursos lleguen a las personas y los lugares donde pueden marcar la mayor diferencia, y reconocer que el futuro del financiamiento climático depende de aprender de quienes han estado protegiendo la vida desde siempre.

Scroll to Top