Aprendizajes de los primeros años de tres fondos socioambientales latinoamericanos.
Hay algo particular en mirar al mismo tiempo las trayectorias de tres fondos socioambientales que nacieron, con pocos meses de diferencia, en tres países distintos de América del Sur. Fundación Socioambiental Semilla y Fondo Socioambiental del Perú cumplen siete años en 2026. Fondo Emerger, en Colombia, cumple seis. Sus recorridos muestran por qué crear fondos más cercanos a los territorios importa, pero también cuánto tiempo, confianza y aprendizaje requiere construir otras formas de financiar.
En Bolivia, Perú y Colombia, comunidades y organizaciones locales enfrentaban incendios, deforestación, minería, economías ilícitas, conflictos territoriales y otras presiones crecientes, mientras buena parte de las oportunidades de financiamiento seguía diseñada lejos de los territorios, con requisitos, tiempos y mecanismos difíciles de conciliar con sus realidades.
Los tres fondos surgieron dentro de esa distancia entre quienes tenían acceso a los recursos y quienes estaban sosteniendo respuestas concretas en los territorios. Y comparten también una historia de origen. Durante años, el Fundo Casa Socioambiental, de Brasil, compartió con activistas de otros países de América del Sur el modelo que había construido para hacer llegar recursos directamente a organizaciones y comunidades que protegen sus territorios.
La idea no era replicarlo, sino poner a disposición aprendizajes, herramientas, relaciones con financiadores y experiencia acumulada para que nuevos liderazgos pudieran crear estructuras propias, adaptadas a cada realidad. Como recuerda Maria Amália Souza, una de las fundadoras de Fundo Casa y hoy directora de Estrategias Globales de Filantropía, la motivación era simple: si los recursos no estaban llegando a quienes protegían esos territorios, era necesario construir mecanismos capaces de hacerlo.
A partir de esos intercambios, visitas y acompañamiento surgieron, entre 2018 y 2019, Semilla, Fondo Perú y Emerger. Cada uno siguió después un camino independiente, y esa experiencia de colaboración sería también una de las semillas de lo que más tarde se convertiría en la Alianza.
Seis y siete años después, quizás uno de los aprendizajes más importantes de estos fondos sea que acercar el dinero a los territorios es apenas una parte del trabajo.
La confianza no empieza con una convocatoria
Cuando Fondo Emerger abrió su primera convocatoria, tuvo dificultades incluso para encontrar propuestas suficientes para apoyar nueve proyectos. Dos años después, una nueva convocatoria recibió más de 700 solicitudes.
Para Juan Mira, coordinador ejecutivo del Fondo Emerger, esa experiencia dejó una lección sencilla, pero difícil de acelerar: “la confianza se construye con hechos”. Crear un nuevo mecanismo de financiamiento, incluso dentro de un mismo país, exige tiempo, presencia y perseverancia.
Semilla llegó a una conclusión semejante. Si pudiera volver a 2019, mantendría la convicción que llevó a la creación del fondo, pero comenzaría sabiendo que movilizar recursos no sería necesariamente el desafío más complejo. Como explica Eduardo Franco Berton, presidente de la Fundación Socioambiental Semilla:

“El verdadero reto es construir relaciones de confianza, comprender las dinámicas de cada territorio y acompañar procesos que no siempre avanzan al ritmo de los proyectos, los presupuestos o los ciclos de financiamiento.”
En Perú, el aprendizaje fue todavía más directo. Conseguir financiamiento no era la parte más difícil, pero lo que cambia un proceso es sentarse, escuchar, ajustar una iniciativa junto con las personas y volver después para entender qué ocurrió, incluso más allá del cierre formal de un proyecto.
Esa experiencia también cambió la forma en que los fondos entienden el acompañamiento.
Financiar una organización que nunca administró un grant, por ejemplo, no significa apenas simplificar un formulario. Puede significar ayudarla a formular su propia iniciativa, construir un presupuesto, fortalecer sus sistemas, conocer otros actores o ganar confianza suficiente para buscar nuevas oportunidades después.
Para Semilla, ese proceso aparece cuando una organización que inicialmente dudaba de su capacidad para administrar un proyecto pasa, con el tiempo, a formular nuevas propuestas, crear alianzas, participar en espacios de decisión y compartir conocimientos con otras organizaciones.
El financiamiento, en ese sentido, deja de ser apenas una transferencia. Pasa a formar parte de un proceso de fortalecimiento que puede continuar mucho después del fin de un grant.
Proximidad es saber lo que un formulario no cuenta
Después de estos primeros años de experiencia, los tres fondos también consiguen describir con más precisión qué significa ser un fondo local.
No se trata simplemente de tener una dirección en el mismo país. Significa conocer a los actores, los conflictos y los riesgos presentes en determinado territorio. Poder trabajar en la moneda y en los idiomas locales. Entender por qué un cronograma necesita cambiar, quién necesita una respuesta rápida ante una emergencia o por qué una organización todavía no formalizada puede ser justamente aquella que está haciendo un trabajo fundamental. Lylian Delgadillo, Directora Ejecutiva do Fondo Socioambiental del Perú, resume esa diferencia de una manera especialmente concreta:

“Vivimos la misma causa socioambiental, no la miramos desde arriba, eso nos permite hablar en la lenguaje del lugar, entregar el apoyo en nuestra moneda, y entender lo que un formulario nunca cuenta: quién es de confianza, cuál es la necesidad real, cuánto tiempo tiene cada comunidad para responder.”
Esa proximidad también cambia la forma de lidiar con el riesgo. Emerger destaca que las relaciones construidas localmente y el conocimiento del contexto permiten apoyar a organizaciones pequeñas o con poca experiencia que frecuentemente quedan fuera de los procesos tradicionales de debida diligencia.
Y Semilla añade otra dimensión: un fondo local también realiza una especie de traducción en dos direcciones. De un lado, ayuda a que los financiadores comprendan prioridades, tiempos y realidades locales que difícilmente aparecen en indicadores o documentos de proyecto. Del otro, acompaña a las organizaciones en su relación con el campo de la cooperación sin que, para acceder a recursos, tengan que renunciar a su identidad, sus formas de organización o la conducción de sus propias agendas.
Por eso, proximidad no es apenas una cuestión geográfica. Es una relación construida con el territorio y una responsabilidad compartida sobre la forma en que el financiamiento ocurre.
Lo que queda después del financiamiento
Los testimonios de los tres fondos también revelan una forma diferente de mirar sus propios resultados.
En Perú, las primeras imágenes que surgen al hablar de estos siete años no son números. Son las mujeres artesanas ticuna que se animaron a formalizar su asociación en medio de la presión de las economías ilícitas; liderazgos asháninkas fortaleciendo la defensa de sus territorios; defensores indígenas, artistas, agricultores y guardaparques que pasaron por procesos de formación y luego regresaron a sus comunidades.
“Eso no significa que las amenazas contra ellos hayan desaparecido, van a seguir ahí, pero ahora no las enfrentan solos, queda una organización más fuerte, un liderazgo nuevo, una red que se sostiene en los encuentros anuales que organizamos.”
Quizás esta sea una de las frases que mejor sintetizan lo que estas trayectorias enseñan. Fortalecer una organización no pone fin a un conflicto territorial. Un pequeño grant no detiene por sí solo la expansión de una economía ilícita. La existencia de un fondo local no modifica automáticamente las relaciones de poder de la filantropía internacional.
Pero algunas cosas pasan a existir donde antes no existían.
Una organización consigue permanecer activa. Un liderazgo gana experiencia. Un grupo administra directamente recursos por primera vez. Se forman redes entre territorios. Personas que difícilmente llegarían a determinados espacios pasan a ocupar esos espacios con su propia voz.
En 2025, por ejemplo, Semilla apoyó 96 iniciativas entre proyectos, respuestas a emergencias y acciones de fortalecimiento de capacidades. Ese mismo año, el fondo facilitó por primera vez la participación directa de cuatro líderes comunitarios en la COP30.
Para Emerger, esta dimensión es todavía más amplia. En territorios marcados por la presencia de actores armados, actividades ilícitas y fragilidad institucional, fortalecer a los actores locales es parte de las condiciones necesarias para la defensa de los derechos humanos, la biodiversidad y los bienes comunes.

“Es posible construir un nuevo modelo de filantropía, pero es también posible construir un nuevo modelo de sociedad más colaborativa, más solidaria y más equitativa. La financiación local es la clave, en tanto esta permite que las organizaciones permanezcan, cumplan sus objetivos misionales y movilicen la sociedad.”
El discurso cambió. Los números, mucho menos.
Los tres fondos reconocen que el lenguaje de la filantropía ha cambiado durante estos años. Hoy se habla mucho más de confianza, financiamiento liderado localmente, flexibilidad, participación y redistribución de poder.
Aun así, ninguno confunde ese cambio de discurso con una transformación estructural. “Al menos el discurso está cambiando. Aún hace falta que los números mejoren”, resume Juan.
Semilla observa que una parte importante de los recursos y de las decisiones continúa concentrada lejos de los territorios, mientras organizaciones pequeñas todavía enfrentan exigencias desproporcionadas y mecanismos de evaluación poco adecuados a los procesos que conducen.
Fondo Perú es igualmente cauteloso. Hay un movimiento hacia una mayor redistribución del poder, reconoce Lylian, pero sería deshonesto decir que avanzó lo suficiente. Incluso algunos de los términos usados internacionalmente para describir ese cambio no siempre traducen prácticas que ya existían desde mucho antes en los territorios, como el ayni, la minka y el trueque, basadas en reciprocidad, trabajo colectivo y apoyo mutuo.
Los fondos locales no crearon ese movimiento solos. Es resultado de décadas de trabajo de comunidades, movimientos, organizaciones y aliados que vienen cuestionando quién decide, quién administra los recursos y quién define qué cuenta como conocimiento dentro de la filantropía.
Pero su existencia produce algo concreto: demuestra, en la práctica, que otros mecanismos son posibles.
El trabajo sigue abierto
Un aniversario institucional suele invitar a hacer un balance de todo lo alcanzado. Las historias de Semilla, Emerger y Fondo Perú sugieren algo diferente: seis o siete años son tiempo suficiente para reconocer lo construido, pero también para entender que este trabajo sigue abierto.
“Aprendimos, sobre todo, que esto no se termina de aprender”, dice Lylian.
Quizás sea justamente esa la reflexión más adecuada para marcar estas trayectorias. No la idea de que tres fondos encontraron una fórmula lista, sino de que ayudaron a crear, en Bolivia, Colombia y Perú, estructuras que antes no existían, construidas lo suficientemente cerca como para escuchar, adaptar, confiar y permanecer.
Y, al hacerlo junto a otros fondos y organizaciones del Sur Global, ampliaron un poco la frontera de lo que la filantropía puede ser.